Cuándo se inició la llamada Primavera Árabe una oleada de ilusión se levantó en Occidente ante la posibilidad de un futuro democrático y en libertad de países mayoritariamente musulmanes. La caída de largas dictaduras en la Libia de Gadafi, de Mubarak en Egipto y de Ben Ali en Túnez fomentó esa esperanza. La muerte de Bin Laden a manos de Estados Unidos brindó una mayor sensación de seguridad. Ya desde el primer momento, con la captura y muerte de Gadafi se vió que era una esperanza vana: no hay posibilidad de democracia y libertad en los países musulmanes, salvo la paz de los cementerios.

El asesinato esta semana del embajador de Estados Unidos en Libia es sintomático de la nueva realidad. Un grupo bien organizado aprovecha una manifestación de protesta contra el supuesto video injurioso sobre Mahoma para atacar durante horas el consulado de Bengasi ocasionando la muerte del embajador y personal de seguridad. Ataque perpetrado con kalashnikov y granadas. Ni siquiera en Libia lo normal es acudir a  las manifestaciones con estas armas. Se trataba de un ataque bien organizado amparádose en una manifestación ya convocada: una coartada perfecta. El integrismo avanza en todo Oriente Medio y en el norte de África. Se aprovechan de varias circunstancias. Paradójicamente una de ellas es la mayor libertad de reunión y manifestacion que no existía anteriormente en unos gobiernos autocráticos y de la que se aprovechan para tratar de llegar al poder e imponer la sharia. En resumen el fundamentalismo islámico está en auge.

A lo largo de la historia los islamistas  dónde son minoría tratan de convertirse en mayoría, y dónde son mayoritarios quieren ser hegemónicos. Cualquier excusa y arma es válida. Si no es la cinta sobre Mahoma, será la presencia de extranjeros en los santos lugares o el papel de la mujer en su sociedad. Y si todo falla, siempre quedará Israel como cupable perfecto.  Tienen una visión a largo plazo de la que Occidente carece y sus objetivos difieren en los plazos pero no en la meta. Un ejemplo muy válido lo vemos en Egipto. No aspiran a convertirse en el Afganistán de los talibanes a corto plazo. Utilizarán la táctica del paso a paso. Lentos pero firmes. Ni un paso atrás en la construcción de su régimen teocrático.

En el inicio de la Guerra Fría en Estados Unidos algunos dirigentes creían que  la rivalidad con la Unión Soviética derivaba de un problema de comunicación, de falta de entendimiento. Pensaban que si se sentaban con ellos y les explicaban sus dudas y proyectos todo se resolvería. Tardaron en comprender la naturaleza criminal del régimen soviético y sus dirigentes. Esta semana Hillary Clinton, secretaria de Estado norteamericana, condenaba el asesinato de su personal de esta manera: ¿ Cómo pudo pasar esto en un país que ayudamos a liberar?. Con dirigentes tan obtusos será difícil poder mejorar esta situación. Está todo inventado: aliados circunstanciales. Se apoyaron en Estados Unidos para eliminar a su dictador. Una vez eliminado vuelven a su proyecto. Cuando la Alemania nazi invadió la URSS  Winston Churchill explicó que si Hitler atacaba el infierno, él diría algo favorable sobre el diablo. Menuda diferencia de líderes.

¿De dónde viene este odio musulmán hacia todo lo que representa Occidente?.  Las raíces son variadas y múltiples. La principal es la radical incompatibilidad entre el Islam y la democracia y la libertad. Desde el Irán de los ayatolas, pasando por Afganistán, Arabia Saudí con la mujer relegada a poco más que animal de carga, Egipto, Pakistán y un largo listado de países. La naturaleza del Islam es hegemónica, no tolera disidencias ni separación entre vida civil y religiosa viviendo, en consecuencia, en una continua Edad Media. El Islam pretende ocupar todos los huecos de la sociedad para dominarla. Una pregunta de control sería:¿ Sería capaz de nombrar un sólo país musulmán dónde exista algo parecido a los regímenes de libertad que existen en Europa Occidental o Estados Unidos?. Pues eso.

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