La Primavera Árabe arrancó como un movimiento popular que levantó muchas esperanzas tanto en el mundo occidental como el musulmán. Décadas de gobiernos autoritarios y dictadura brutales se venían abajo como un castillo de naipes. Túnez, Egipto, Libia. Uno tras otro sus regímenes se derrumbaban por la presión de la calle. Hoy día, la esperanza se ha demostrado vana. La desilusión y la anarquía ganan terreno en las calles. ¿Cuándo empezó todo a venirse abajo?.

Hoy se cumple un año del ajusticiamiento y muerte de Gadafi, líder de la dictadura libia durante 40 años. En un primer momento se aseguró que murió en un enfrentamiento entre milicianos rebeldes y leales al régimen en su ciudad natal de Sirte, en el marco de la Guerra Civil que se vivía en Libia. Un ataque de la OTAN contra su convoy le obligó a seguir su huida a pie.  Pero en la era de la tecnología es muy difícil poder ocultar la verdad. A los pocos minutos empezaron a difundirse imágenes de Gadafi caminando ensangrentado pero vivo entre sus captores. Al poco tiempo Gadafi fue muerto por milicianos a sangre fría aparentemente de un tiro en la cabeza y en el abdomen después de ser golpeado. Su cuerpo fue exhibido durante varios días en una cámara frigorífica como trofeo de guerra.

La ansiada y recién estrenada libertad de Libia se inauguraba así con crímenes de guerra, pues no fue otra cosa lo que ocurrió. Al crimen continuado de la dictadura de Gadafi se respondió con la muerte de una persona desarmada y vencida pidiendo clemencia, junto con la de uno de sus hijos, Mutasim.  A diferencia de Túnez y Egipto dónde a la caída de las dictaduras no siguió el derrumbe total del Estado, en Libia reina el caos. No hay policía ni Ejército capaz de imponer el orden, las diversas milicias han tomado el arsenal de la dictatura, Bani Walid sigue fuera de control en manos de leales a Gadafi. En un país enorme no hay una autoridad nacional sino diversas tribus enfrentadas unas a otras. No existe el Estado en Libia en el siglo XXI como tampoco existió durante la Segunda Guerra Mundial cuando Rommel luchaba contra los británicos en estas mismas tierras. Casi nadie llora la muerte de un déspota cruel, tampoco casi nadie quería que fuera a juicio. Simplemente, querían venganza. Humillar y matar a la encarnación de todos sus males.  Un sentimiento muy humano y universal. Si Gadafi llamaba a los rebeldes ratas, su final se asemeja mucho a ellas. Encontrado en una tubería, se arrastró hasta su captura. Pero no se puede construir un país en libertad con actos basados en la venganza. Poco antes de acabar la II Guerra Mundial, durante la conferencia de Teherán, Stalin propuso ejecutar a 50.000 oficiales alemanes tras la victoria a modo de escarmiento. Churchill puso el grito en cielo y Stalin rápidamente se corrigió y digo que todo era una broma. No lo era. Todos sabían lo que había hecho con los oficiales polacos en la matanza de Katyn.

Después de la ejecución de Gadafi pocos síntomas pueden encontrarse en Libia de la construcción de una sociedad en libertad. No hay garantías, la dictadura unipersonal se ha sustituido por diversas dictaduras locales de la gran variedad de milicias surgidas en la lucha. No hay seguridad, no hay desarrollo económico. Solo en estas últimas semanas se ha recuperado el nivel de producción de petróleo que había antes de la revolución, industria que supone el 80% de los ingresos del Estado. Y el islamismo empieza a asomarse. La excusa de la ofensa a Mahoma por el polémico video supuso la oportunidad de realizar un perfecto ataque contra el consulado norteamericano en Bengasi provocando la muerte del embajador Christopher Stevens, uno de los primeros apoyos occidentales en la lucha contra Gadafi. Éste es el dilema de las sociedades occidentales: por un lado tenemos dictaduras brutales pero sus opositores posiblemente sean peores. El islamismo se esconde tras las peticiones de ayuda y libertad para imponer sus propias dictaduras.

A perro flaco todo son pulgas.

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