Año nueva, vida nueva. Siempre que acaba un año y empieza otro hacemos propósito de enmienda. Normalmente se trata de intentar dejar de fumar, hacer más ejercicio o mejorar en nuestra actividad profesional. En el caso de Lance Armstrong aparecen rumores de una posible confesión de su dopaje sistemático con sustancias dopantes y transfusiones sanguíneas. No se trataría de un arrepentimiento tardío sino de tratar de reanudar su carrera deportiva, en este caso como triatleta. Actualmente cumple una sanción de por vida para participar en pruebas de triatlon y átleticas bajo organizaciones que se hayan unido al código antidopaje de la Agencia Mundial Antidopaje, AMA. El objetivo de la posible confesión es rebajar la sanción impuesta ya que confesar y dar detalles de cómo se dopó podrían mitigar la duración de su castigo.

No es un problema menor. Con la posible confesión terminaría de enterrar su imagen y perder los pocos defensores que aún le quedan. Tampoco es el único frente abierto en este nuevo año. Se enfrenta a un posible juicio por perjurio ya que declaró en un tribunal norteamericano que nunca se había dopado. El precedente de Marion Jones juega en su contra. También se enfrenta a problemas económicos derivados de sus trampas. El diario británico The Sunday Times le reclama 500.000 dólares de una denuncia por injurias y una aseguradora le reclama el dinero que recibió como bonus por sus victorias en el Tour de Francia.

Por otra parte ya ha tenido que renunciar a la presidencia de su fundación Livestrong y ha perdido a la mayoría de sus patrocinadores. El dilema al que se enfrenta es claro. Admitir su culpabilidad y poder reducir su castigo pero también enfrentarse a un período en la cárcel. No obstante parece que el arrepentimiento sincero no entra en su filosofía de vida. Alguien que ha engañado tanto y durante tanto tiempo, que ha obtenido ingresos millonarios derivados de su engaño, ¿ merece una segunda oportunidad deportiva?.

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