En el día de ayer se dio a conocer el texto acordado por Ciu y ERC por el que acuerdan presentar al Parlamento catalán una declaración en la que se define a Cataluña como sujeto con derechos políticos y jurídicos y aboga por ejercer el derecho de autodeterminación, sin hablar abiertamente de independencia, aunque ese rumbo flota en todo el espíritu de la declaración. No se olvida del franquismo la breve declaración de apenas dos folios para recordar la larga dictadura sufrida por todos los españoles, no sólo los catalanes. Tampoco se olvida del recorte sufrido en la composición del Estatut original redactado por su Parlamento y luego rebajado por el Tribunal Constitucional, pero no lo suficiente. La nota acordada se ha enviado a todos los partidos con respresentación en el Parlamento catalán, excepto Ciudadanos y PP, que ya han advertido que votarán en contra.

El nacionalismo a lo largo de su historia se ha basado siempre en los sentimientos de las persona más que en sus aspectos racionales. Por eso es tan difícil de ganar al nacionalismo. Los sentimientos se arraigan en el subconsciente y forman parte de nosotros de un modo natural. Si hay que elegir entre el corazón y la cabeza, la mayoría de las personas siempre elegirán el corazón. No es algo exclusivo de la idiosincrasia española, es algo universal y propio de la condición humana.

En España el instrumento político más importante que tenemos es la Constitución. En ella la soberanía reside en el pueblo español, pero en su conjunto. No en una suma de andaluces, vascos, madrileños o catalanes sino en la suma indivisible de todos ellos y del resto de regiones. A pesar de esto, es innegable que si en algún momento futuro hay otro acuerdo que sustituya al actual y con un respaldo igual o superior habría que replantearse cómo articular la convivencia entre todos los españoles y un posible reconocimiento del derecho de autodeterminación, catalanes incluidos. Pero ese acuerdo, a día de hoy, no existe, ni siquiera está cerca de poder materializarse.

Para ilustrar lo lejos que se está de ese acuerdo nada mejor que una serie de datos que no pueden ser manipulados. Los números, afortunadamente, no discriminan entre idiomas.

Referéndum Constitución Española: 1978. Cataluña.

Participación: 67, 91%

Votos a favor: 90, 46%

Votos en contra: 4, 97%

Referéndum Estatuto Autonomía 1979.

Participación: 59, 3 %

Votos a favor: 88, 15%

Votos en contra: 7, 78%

Referéndum Estaturo Autonomía 2006

Participación: 49, 41%

Votos a favor: 73, 90%

Votos en contra: 20, 76%

Aún después de largos años de poder nacionalista en Cataluña con su dominio de los medios de comunicación y de las políticas de educación a todos los niveles, observamos que el apoyo específico en cada consulta disminuye y que la participación es menor. Hay varios factores que influyen en ello. Uno es el hartazgo evidente de la población con los políticos en general, no sólo con los nacionalistas. La corrupción es otro factor importante, sobre todo en Cataluña con el famoso 3% que denunció Pascual Maragall, y del que nunca más se supo, las posibles cuentas suizas de la familia Pujol así como escándalos como el del Palau, ITV y el robo de los fondos de parados por miembros de Unió. Muchas personas está hartas de las políticas identitarias que se realizan, están más preocupadas en salir de la crisis y encontrar empleo pero la clase política catalana vive en una realidad paralela y está inmersa en una huida hacia delante como escape de esa realidad.

No obstante, sí es cierto que a pesar de los números el desarraigo que se observa en muchos catalanes respecto a España es cierto. En algunos casos totalmente justificado pero sin olvidar que ellos son también parte de España y que hay algo que no estarán haciendo bien para que ya no sean la comunidad más rica de España al ser superados por la Comunidad de Madrid, victimismos aparte. En otras Comunidades ese desarraigo se dirige hacia los respectivos Gobiernos, ya sean locales, autonómicos o nacionales. En Cataluña se dirige hacia España.

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