En el dia de hoy se ha conocido la imputación de la infanta Cristina por parte del juez Castro. Se une así a su marido Iñaki Urdangarín, a su exsocio Diego Torres y su mujer y al secretario de las infantas García Revenga en el marco del llamado caso Noos. A grandes rasgos se trata de una investigación por apropiación indebida de fondos públicos de una sociedad, supuestamente sin ánimo de lucro, que luego se desviaban a empresas y cuentas privadas como Aizoon, propiedad al 50% de la infanta Cristina y su marido Iñaki Urdangarín. El auto del juez indica que tanto la infanta como García Revenga fueron incluidos en la directiva de Noos no por su capacidad sino para obtener los beneficios derivados de su parentesco con el Rey en sus tratos con las Administraciones Públicas, Baleares y Comunidad Valenciana principalmente, e instituciones privadas. Es decir: utilizar el nombre de la Casa Real para obtener un trato generoso: tráfico de influencias y desvió de los ingresos a cuentas particulares.

Los correos aportados por Diego Torres han supuesto su venganza contra Urdangarín al no ser imputada la infanta en primer lugar y si serlo su esposa. Personalmente pensaba que el Duque de Palma estaba condenado desde que el Rey en el mensaje de Nochebuena soltó aquello de que la Justicia es igual para todos. Parecía decir vía libre, doy mi beneplácito.

En una época de crisis total la imagen de la Casa Real queda profundamente tocada y hundida. La fortaleza y prestigio de nuestra Casa Real era, en gran medida, una fortaleza de cristal. El prestigio emanaba del paso de la dictadura a la democracia sin derramamiento de sangre y en paz en una Transición aparentemente modélica. Pero no es oro todo lo que reluce. Con el paso de los años la imagen del Rey ha sufrido una pérdida de credibilidad notable por una larga cadena de hechos. En primer lugar, el fin del consenso respecto a la figura del Rey. Hace tiempo que dejó de ser intocable y sus continuos escarceos amorosos y festivos le han granjeado una imagen de bon vivant despreocupado de todo. No nos engañemos: los líos de faldas del Rey no arrancan en Corinna y tampoco empezó sus viajes de lujo con la cacería en Sudáfrica. Lo ha hecho siempre. La Transición nos dejó un consenso básico entre derecha e izquierda acerca de la figura del monarca. La izquierda, republicana por definición, hace tiempo que se apartó de ese consenso, lejos quedan los tiempos de Felipe González y su frase hay que cuidar al niño y con las cosas de comer no se juega,  y una gran parte de la derecha no se prestará a dar oxígeno si se demuestran más indicios y sospechas de corrupción. Tampoco ayudan a su imagen las amistades del Rey, muchos de ellos condenados y presidiarios por diversos escándalos económicos: Manuel Prado y Colón de Carvajal, Francisco Sitges, Mario Conde por citar solo unos ejemplos. La consolidación de la Monarquía surge sobre todo a raíz del 23F. España es un país de extremos. Cuándo Franco murió en 1975 millones de personas lo habían apoyado poco antes en manifestaciones y en su funeral. Los mismos que apenas un año después votaron la Ley de Reforma Política que derribó su régimen e inició el camino a la democracia. Con el Rey igual, los mismos que besaban el suelo que pisaba ahora son los más encarnizados enemigos.

Personalmente no soy monárquico y la etapa de la Transición no la conocí. El ideal de Gobierno sería una República. Ahora bien, no una República cualquiera. Prefiero mil veces vivir en una Monarquía como la española, noruega o sueca que en una República como Cuba, Venezuela o Corea del Norte. Tampoco todas las Monarquías son iguales, no podemos comparar las monarquías europeas con otras como Marruecos o Arabia Saudí. Lo importante es vivir en libertad, ya sea en República o Monarquía, lo demás es accesorio. Porque si en España los máximos exponentes de una República son Cayo Lara, Carod Rovira, Gaspar Llamazares y personas por el estilo pues no, no merece la pena. Al igual que pedimos que no haya impunidad con los representantes políticos tampoco debe haberla con la Casa Real. Si se demuestra en juicio que los Duques de Palma han delinquido y se les condena a la cárcel, no hay que rasgarse las vestiduras. Sería una prueba de madurez de nuestro sistema democrático por encima de los escraches y demás gurus del fatalismo. El principal activo de una Monarquía moderna es que sirva de ejemplo, unidad y transmita una imagen de honestidad a la opinión pública. Si ese principio se quiebra, la preguntra es clara: ¿ para qué queremos una Monarquía?. Y no podemos olvidar una cuestión importante: en España hay muy pocos monárquicos.

¿ Qué alternativas hay en estos momentos?. La mala imagen de la Monarquía tiene difícil solución. La Constitución española de 1978 ha traído seguridad y estabilidad institucional como nunca habíamos tenido a lo largo de nuestra historia y la merma de la imagen de la Monarquía supone una fractura de esa estabilidad. Cuando una idea negativa se instala mayoritariamente en la sociedad, aunque no sea verdadera, es complicado ahuyentarla. A corto plazo las opciones pasan por el divorcio de la infanta Cristina de Urdangarín o por la renuncia a su puesto en la línea sucesoria si quiere inmolarse junto a su marido el Duque. A medio plazo, el Rey debería dejar paso y abdicar en su hijo Felipe como recambio de cara a un futuro muy incierto para la supervivencia de la Casa Real española. Su edad y estado físico suponen una estupenda excusa pero no creo que lo haga. Aguantará hasta el final.

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