Y murió Margaret Thatcher el mismo día que Sara Montiel. Dos iconos del siglo XX, uno del cine español y otro de la política internacional que nos abandonan al mismo tiempo. Era pequeño mientras fue primera ministra pero su sola presencia con su inseparable bolso a través de los telediarios irradiaba firmeza. No tenía ni idea de lo que hablaba pero transmitía respeto. Para sus compatriotas hablaba claro, en un lenguaje que entendían perfectamente, sin trampa ni cartón. El lider soviético Brezhnev la llamó Churchill con pantalones. Pretendía ser un insulto pero no creo que fuera mayor el elogio. Si Churchill representó la no claudicación frente a la Alemania nazi, la Dama de Hierro ejemplificó mejor que nadie el cambio de tendencia respecto al papel del Estado en la vida económica. Privatizaciones y reducción de impuestos y adiós al consenso socialdemócrata imperante en Europa.

Los orígenes de la Dama de Hierro son humildes, hija de un tendero, pero no le impidieron llegar a ser la primera mujer primer ministro en la historia del Reino Unido, entre 1979 y 1990. Llegó a la política en los años 50 en un país ganador de la II Guerra Mundial pero hundido y agotado moral y económicamente. Desde sus inicios como diputada del Partido Conservador en 1959 con 34 años hasta llegar a ser Jefa de Gobierno rompió moldes en una sociedad que no se caracterizaba precisamente por ser abierta sino bastante clasista en muchos aspectos. Licenciada en Derecho, luchó por ascender en su carrera sin que existiera ningún tipo de cuotas femeninas y ascendió a lo más alto incrementando el valor de la participación femenina en la política. Los rasgos más relevantes de su personalidad política fueron, sin duda alguna: firmeza y convicciones. Se puede estar en desacuerdo con su política y visión del mundo. Pero fue honesta con sus principios y no renunció a ellos. Ante nada ni ante nadie.

Cuando llegó al Gobierno se dedicó a realizar un cambio profundo: su mayor demonio era su aversión a lo público, especialmente si era deficitario. No concebía que el poder del Estado fuera tan grande y prefería liberar esas energías hacia los sectores privados, camino que siguieron muchos países años después. Logró acabar con el enorme poder de los sindicatos que, en algunos momentos, luchaban por doblegar al Estado manteniendo sus privilegios y con más poder que el propio partido laborista. Especialmente importante fue el conflicto larguísimo con los sindicatos mineros y su postura de cerrar las minas deficitarias: se mantuvo firme y ganó y desde entonces en Gran Bretaña el poder de los sindicatos ha disminuido drásticamente. Una profunda transformación que prosiguió con la liberalización de importantes sectores económicos como el transporte e industrias estatales. Fue una precursora clara de la consideración del libre mercado como el mejor camino hacia la prosperidad de las personas. En su lucha con los sindicatos acabó con la obligación de afiliación.

En política internacional fue uno de los tres pilares de la revolución conservadora de los años 80. Los otros dos fueron Ronald Reagan en Estados Unidos y el Papa Juan Pablo II. Deber ser casualidad pero los tres sufrieron atentados en su contra. Es lo que tiene luchar contra los totalitarismos. Su misión internacional tenía un doble objetivo: por un lado recuperar el prestigio internacional de Gran Bretaña y, por otro lado, su oposición tenaz a los movimientos totalitarios, principalmente la Unión Soviética. Los principios por encima de todo. La alianza con Reagan y los Estados Unidos llevaron a la URSS al borde del precipicio. La presión de estos aliados hicieron posible que el sistema soviético colapsara económicamente y se derrumbara. Fueron ellos mismos los que inventaron su apodo de Dama de Hierro como si presagiaran que esa mujer era peligrosa para sus intereses. La conjunción de estos tres actores principales hizo posible la caída del Imperio Soviético.  El mundo libre era fácilmente identificable. Los alemanes saltaban el muro en dirección al Oeste y al mundo capitalista y libre. Nadie saltaba en dirección al Este para vivir en el paraíso socialista. Pero nadie nadie. Su otro logro internacional fue la victoria en la Guerra de las Malvinas. Su determinación en mejorar su país era paralelo a mantener el prestigio internacional del Reino Unido, aunque fuera a más de 12.000 kilómetros de su país. Venció en las Malvinas, como venció en Gran Bretaña, y supuso el principio del fin de la cruel dictadura argentina. A pesar de los propios argentinos.

Junto a la determinación en la defensa de sus convicciones tuvo también sus momentos de pragmatismo. El derrumbe soviético y la caída del muro de Berlín propiciaron el inicio de la reunificación alemana a la que se oponía firmemente en privado con Miterrand pero al constatar que era inevitable no tuvo inconveniente en apoyarla. Como tampoco tuvo reparos en oponerse a la integración europea en defensa de los intereses de Gran Bretaña al grito célebre: ” Quiero que me devuelvan mi dinero“. Ella misma decía que no había disminuido el poder del Estado en su país para crear más tarde una superestructura europea que la sustituyera. Quizá fue su gran laguna: no saber vender una integración europea en un país profundamente euroescéptico y orgulloso de su insularidad. Lo más paradójico es que los enemigos que la derrotaron no fueron externos, sino que estaban dentro de su partido y la forzaron a dimitir a finales de 1990.

Descanse en paz uno de los mitos más grandes de la Europa reciente.

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