El jueves fue año nuevo en Augusta y, como tal, arrancó una nueva edición del Masters de Augusta. Para mí el mejor campo de golf y uno de los mejores torneos junto con el Open Británico. La belleza natural de un campo increíble, con su diversidad de flora perfectamente cuidada hacen de él un lugar idílico, aunque muchos golfistas dirían que es un campo de tortura. Amor y odio a partes iguales.  El campo creado de la nada por el gran Bobby Jones no admite término medio. Sergio García se encuadra en el segundo grupo. No soporta el campo y lo ha reconocido abiertamente en varias ocasiones. La más clara:” Si no fuera un grande, no vendría“.

Demasiado pequeño me pillaron las dos victorias de Severiano Ballesteros en el Masters de Augusta y sus tres Open Británicos. En cambio si pude disfrutar de las dos victorias en Augusta de Jose María Olazábal, el mago de los hierros. Pegado al televisor por la tarde noche y de madrugada disfrutando de un español ganando en tierra extraña. La aparición de Sergio García hacía parecer la irrupción de un nuevo Seve Ballesteros para nuestro país. Clase, descomunal talento y un gran desparpajo hacían presagiar tardes de gloria y un apasionante duelo con Tiger Woods. Gran pegador y gran inspiración en el juego corto. Uno de los mejores jugadores de tee a green. Hoy, con 33 años esa ilusión hace tiempo que desapareció. El talento y la clase no los ha perdido pero sus tropiezos mentales le han privado de varios grandes con los que adornar su vitrina. En su caso, esos bloqueos mentales aparecen casi siempre manifestados en sus problemas con el putt, el remate de la faena. Es como si un torero fallara con la espada en la estocada tras una gran faena. Su ocasión más clara de ganar un grande fue en el Open Británico de 2007. Su fallo en el último putt de apenas dos metros le condenó al desempate con Pádraig Harrington y ahí se acabó su sueño.

Ocurre con Sergio García lo que ha ocurrido anteriormente con otros muchos deportistas. Las expectativas que generaba desde antes de su salto al profesionalismo y su gran pulso en la PGA de 1999 con su inolvidable mano a mano con Tiger Woods no se han visto cumplidas y eso genera decepción. En otras ocasiones su falta de tacto con algún sector de la prensa y aficionados han empobrecido su imagen pública. Esto unido a su depresión golfísitca, su necesidad de parar hizo creer en una paulatina desaparición del mapa del golf. Pero no fue así. Resurgió, aunque siga sin ganar un grande. La verdad es que se es mucho más duro con él que con otros golfistas. Las dos primeras jornadas de este Masters de Augusta nos han mostrado sus dos caras. Su actuación imperial en la primera jornada, -6 sin fallo, fue seguida de un +4 algo engañoso. Supo agarrarse al campo y no se hundió en la clasificación, sigue cerca del liderato a falta de dos jornadas todavía. La tercera jornada que se disputa hoy nos va a enseñar si acabará luchando por la chaqueta verde o sumará una nueva decepción. Clase no le falta para hacer cualquier cosa en un campo de golf.

El espejo en el que debería mirarse es Phil Mickelson. Un enorme talento natural para el golf que no ganó su primer grande hasta que cumplió 34 años. Varios más adornan sus palmarés desde entonces. El camino de Sergio García es terminar con el mito de ser el mejor jugador sin ganar un grande. En definitiva, convertirse en Phil Mickelson y no en Colin Montgomery.

Anuncios