Muchos occidentales cometen el tremendo error de identificar a Tayyip Erdogan y su partido AKP, Justicia y Desarrollo, como un movimiento islamista moderado. Error grave. No existe el islamismo moderado. Ciertamente no se comporta como los yihadistas que siembran el terror con atentados indiscriminados pero su objetivo sí es el mismo: la supremacía del Islam como forma de poder y el sometimiento de todos los demás a su jerarquía. El Islam es una religión que no admite competencia ni separación ente sociedad civil y religiosa por lo que apenas ha evolucionado desde hace muchos siglos. No tolera a las mujeres, ni a los homosexuales ( castigados todavía como delincuentes en muchos países musulmanes), tampoco admite la libertad religiosa, el adulterio ni las bebidas alcohólicas. En sus países no se pueden construir iglesias pero en las sociedades occidentales si se permite la construcción de mezquitas en un mal entendido ejercicio de permisividad e integración. No hay Quid pro quo. Las sociedades musulmanas no han experimentado nada parecido a las revoluciones liberales ni la Ilustración por lo que viven anclados en un pasado medieval rehuyendo los avances tecnológicos, excepto con fines terroristas, sobre todo con la utilización de internet como medio de propaganda y comunicación.

Como todos los lideres de movimientos autoritarios, Erdogan identifica las protestas a su política y a sus opositores con dos variables fundamentales: uno, la influencia externa en las críticas internas con el objetivo de dar forma a un enemigo exterior contra el que puedan luchar sus partidarios. El clásico enemigo externo aquí identificado en los servicios de inteligencia extranjeros que manipulan a los turcos, según Erdogan.  Dos: las amenazas y el intento de amedrentar a los medios de comunicación disidentes que no se pliegan a sus intereses. ¿ No les suena?. Este discurso bien lo podrían suscribir desde el principio al final Hugo Chávez, Rafael Correa, Nicolás Maduro, Fidel Castro, Cristina Kirchner. Es decir, la “vanguardia de la democracia en Sudamérica”. El autoritarismo, ya sea populista o religioso, no es muy imaginativo a la hora de buscar culpables.

Lo que se vive estos días alrededor de la plaza Taksim en Estambul no es solo por la contrucción de un centro comercial en una plaza emblemática de la ciudad ni por que quieren derribar unos árboles emblemáticos. Hay mucho más. Se trata del primer movimiento que se levanta contra el proceso de islamización de la sociedad impulsado por Erdogan y su partido. Protesta fomentada por las clases medias laicas de Turquía agrupadas en las grandes ciudades frente al interior conservador y religioso que apoya mayoritariamente al AKP. En su ejercicio de poder Erdogan disfrutó de un importante aumento de la riqueza nacional al igual que en Europa pero al llegar la época de vacas flacas trata de imponer el programa máximo de su partido: eliminación de cualquier rasgo de laicismo en su país. Como buen islamista, Erdogan tiene un plan a largo plazo. En ningún momento ha intentado aplicar su política de un solo golpe. Al contrario: esperó a consolidar su poder con mayoría absoluta. A día de hoy l objetivo es básico: introducir la religión en todos los ámbitos de la sociedad como elemento de poder y dominación de cara a un futuro con predominio islamista. El futuro que espera a estas protestas es duro: de las palabras de Erdogan, a diferencia del Presidente Abdula Gul, no se desprende ningún tipo de concesión al diálogo ni a la moderación. Al contrario: se revolverá contra lo que él considera sus enemigos. El desalojo de la plaza Taksim ha empleado chorros de agua a presión y gas pimienta y amenaza a los manifestantes con estrangularles. Moderado, ¿ verdad?.

Las medidas que está aplicando tocan todos los sectores de la sociedad que pretende dominar: imposición del velo en las Universidades a las mujeres, restricciones y prohibiciones a la venta y consumo de bebidas alcohólicas, persecución y encarcelamiento de periodistas disidentes, encarcerlamiento de militares, los tradicionales rivales de los islamistas turcos recurriendo al golpe de estado si era preciso con tal de impedir el acceso al poder de los partidos islamistas. El objetivo de Erdogan de una reforma consitucional y perpetuarse en el poder parece difuminarse. En el recuerdo su famosa frase por la que fue encarcelado cuándo era alcalde Estambul: “los minaretes son nuestras bayonetas“. El respeto a los derechos humanos ha caído en picado en Turquía bajo el Gobierno de Erdogan. No es casualidad. Es una política planificada.

El resultado de las revoluciones conocidas como Primavera Árabe fue el ascenso de las fuerzas islamistas al poder y el Gobierno. Las dictaduras clásicas de Mubarak y Ben Alí fueron sustituidas por movimientos autoritarios encaminados a aumentar el poder de las fuerzas islamistas y eliminar cualquier signo de disidencia. En Turquía no está ocurriendo eso, sino lo contrario. Los principales actores de las protestas turcas son laicos que protestan por la progresiva islamización de sus sociedades y quieren impedirlo. Puede darse la paradoja de que la persona que apoyó a las revoluciones árabes, Erdogan, puede verse arrastrado por un movimiento similar en las formas.

Mustafa Kemal Ataturk fundó el Estado turcto moderno tras el final de la I Guerra Mundial. No fue un político demócrata como los conocemos hoy en día, de hecho había muy pocos en esos días. Pero trató de acercar Turquía a Europa bajo dos premisas principales: la primera era promover la progresiva secularización del país y la segunda convertir Turquía en un país industrial lo más moderno posible. Abolió el califato otomano y la sharia ( ley islámica), estableció la laicidad del Estado, elaboró un nuevo Código Civil que permitía el matrimonio civil y eliminó la poligamia. También se permitió el voto a las mujeres y su acceso a puestos oficiales. Con el paso del tiempo, el Ejército se convirtió en el guardián de las esencias laicas del Estado, llegando al golpe de estado si era necesario para evitar el acceso al poder de los islamistas. Ahora, el Ejército es un gigante dormido y paralizado por Erdogan y su partido.  Todos estos avances son los que persigue eliminar Erdogan e imponer su programa islamista. Su intento de introducir el islamismo como caballo de Troya en Europa está cada vez más lejos. Ya no está Zapatero y su Alianza de Civilizaciones para esconder su fanatismo religioso.

Anuncios