Antes de las últimas elecciones italianas celebradas en Febrero de 2013, Silvio Berlusconi parecía un hombre políticamente muerto. Acosado por sus numerosas condenas y escándalos judiciales, eliminado y sustituido del Gobierno por Mario Monti gracias a una conjunción de presiones europeas encabezadas por Angela Merkel y Sarkozy( Alemania y Francia) como medio de rescatar a la economía italiana, con una prima de riesgo por encima de los 500 puntos básicos y tan desbocada como la española, y con un curriculum de escándalos sexuales, incluidos algunas menores, que parecían condenarle al ostracismo y la cárcel. Pero llegaron las elecciones y su coalición, el Polo de la Libertad, quedó cerca de ganar en la Cámara de los Diputados y, prácticamente empatado con el Partido Democrático, en el Senado. A la hora de contar los votos, nadie se acordó de los escándalos de Berlusconi, solo de su capacidad de influencia con esos resultados. Una vez más, una nueva resurrección de il Cavalieri lo dejaba como figura clave para la composición del nuevo Gobierno italiano. Una labor ardua, 2 meses, obligados por la intrasigencia del movimiento populista de Beppe Grillo, 5 Estrellas, y de Berlusconi. Los extremismos se tocan.

La situación se resolvió con un Gobierno de coalición entre izquierda y derecha, entre Partido Democrático y Polo de la Libertad, Letta como primer ministro con el apoyo del partido de Berlusconi. Ése era el pacto. Aparentemente contra natura pero que contaba con un baluarte fundamental: Angelino Alfano: delfín e hijo político de Berlusconi con una reconocida capacidad para tender puentes y llegar a los acuerdos necesarios para mantener el gobierno a flote. Actualmente, Vicepresidente y ministro de Interior con Enrico Letta.

Ahora es distinto. Su intento de derribar el Gobierno de Letta y dar luego marcha atrás después de que muchos de sus seguidores, especialmente Angelino Alfano, le desafiaran públicamente y se negaran a obedecer sus órdenes marcan un punto de no retorno en la vida política de Berlusconi y de Italia. Éste mes de Octubre es el principio del fin de su carrera política. La paradoja es que uno de sus colaboradores más sumisos, Alfano, es el que le haya dado el golpe de gracia. Solo hay que recordar que es el mismo Alfano que siendo Ministro de Justicia en 2008 promulgó una ley por la que se suspendían todos los procesos penales contra las autoridades más altas del Estado. Una especie de ley de punto final que duró solo un año en vigor al ser tumbada por el Tribunal Constitucional.

El comienzo de esta crisis se sitúa, una vez más, en la colusión entre los intereses de la vida privada de Berlusconi y los del Gobierno italiano. Cercado por sus escándalos, su última condena por fraude fiscal iba a ser aprovechada por el Senado para quitarle su impunidad parlamentaria y eliminar el último obstáculo para su entrada en la cárcel. La respuesta de Berlusconi no se hizo esperar: exigir la dimisión de sus 5 ministros en el Gobierno, votar en contra del Gobierno de Enrico Letta en la moción de confianza y forzar unas nuevas elecciones. Una táctica ya empleada en el final del Gobierno de Mario Monti. Lo más inesperado surgió el pasado sábado. Angelino Alfano se niega a obedecerle y anuncia que votará a favor del Gobierno junto con otros compañeros. Lo nunca visto: una rebelión interna y pública contra Berlusconi de sus seguidores que le obliga a dar marcha atrás y votar a favor del Gobierno en la moción de confianza. Una rebelión nada habitual en el seno de la política italiana, más propicia a desacuerdos y guerras internas en la izquierda que en la derecha. Siempre hay una primera vez para todo. El Gobierno de coalición seguirá hasta el próximo vaivén.

Pero nada será como antes. La presión y chantaje de Berlusconi al Gobierno, angustiado por sus intereses personales, su anuncio de votar en contra del Gobierno y luego votar a favor tras la rebelión( traición la llamará él) de algunos de sus colaboradores más cercanos marcan el punto de no retorno en la vida política de Berlusconi. Está por ver si pierde su inmunidad parlamentaria e ingresa en la cárcel. Pero a sus 77 años, es un cadáver político aunque pueda hacer daño coyunturalmente. Pero nada volverá a ser como antes. Para bien de los italianos.

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