4 de Noviembre de 1956. Las tropas y tanques de la URSS entran en Budapest para sofocar y destruir la revolución húngara que amenaza con derribar todo el edifico de la dictadura soviética. Una revolución basada en la exigencia de una democracia multipartidista, mayor libertad económica y el respeto a los derechos humanos: unos principios incompatibles con la política soviética. El ligero deshielo que se produjo a la muerte de Stalin en 1953 era un espejismo que no podía permitir una mayor libertad a los países invadidos y dominados por el Ejército Rojo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. La figura clave de la revolución fue el reformista Imre Nagy que fue apartado del poder por sus divergencias con las políticas soviéticas aplicadas en Hungría. A pesar de no ser realmente un revolucionario que pretendiera acabar con el régimen socialista, acabó arrastrado como lider de la revuelta. Su intención era reformar el sistema, no sustituirlo por otro. Se convirtió en un símbolo que pagó con su vida una apuesta que creía poder ganar.

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Hungría fue una aliada de la Alemania de Hitler participando en la invasión de Yugoslavia y la Unión Soviética. Su lider Miklos Horthy, ante la previsible derrota alemana, intentó cambiar de bando negociando con la URSS una paz separada pero fue depuesto. En Febrero de 1945, Hungría fue “liberada” por el Ejército Rojo que dominaba casi toda la Europa del Este consolidando su poder en cada país “liberado” y ocupado. Como predijo Stalin, esta Guerra sería totalmente distinta a los anteriores ya que el Ejército del país ganador no solo derrotaba al enemigo sino que imponía su modelo social. Eso fue lo que sucedió también en Hungría. Se cambió una dictadura nazi por una dictadura soviética.

En 1945 se celebraron elecciones tras la caída de Alemania y se eligió un Gobierno multipartidista. El Partido Comunista consiguió apenas un 17% de los votos pero se hicieron con Ministerios clave como el de Interior y a partir de ahí, aplicaron su política tradicional: detenciones, purgas, torturas y farsas de juicios contra los opositores. La dictadura húngara surgida tras la guerra estaba representada por el Partido Socialista Obrero Húngaro, títere de Moscú. Su lider principal era Matyas Rakosi, un dirigente brutal conocido por sus llamadas tácticas del salami: eliminar a la oposición tajada a tajada. El experimento democrático duró muy poco en Hungría y la firma de un Tratado de asistencia mutua con la URSS otorgaba plenos poderes a Moscú para invadir el país si lo consideraba necesario.

El origen de la revolución húngara de 1953 se sitúa, como casi todas las revoluciones, en una devastadora crisis económica y en una dictadura sin apenas resquicios de libertad. Con la consolidación en el poder del Partido Comunista, se impulsó el paso hacia una economía socialista fuertemente centralizada que orientó la producción hacia la industria pesada en detrimento de la agricultura. Se nacionalizó todo lo posible y no se dejó margen para la economía privada: ni grande ni pequeña. Se impuso la cartilla de racionamiento debido a la mala gestión de productos básicos: pan, harina, azúcar y carne. Lo siguiente fue una crisis económica brutal que se tradujo en un enorme aumento de la pobreza. La población empezó a sufrir las consecuencias de una economía subsidiaria de las necesidades de la URSS y el descontento social fue en aumento. Si a la crisis económica unimos la existencia de campos de concentración cada vez con más disidentes detenidos, la explosión social era cuestión de tiempo.

Esta crisis provoca la caída en desgracia de Rakosi y la vuelta de Imre Nagy como primer ministro, quedando Rakosi como secretario general del partido comunista. La denuncia de Stalin por parte de Nikita Kruschev en Febreo de 1956 elimina a Rakosi de su puesto y es reemplazado por Erno Gero, famoso por su participación en la Guerra Civil Española como Delegado de la Internacional Comunista participante en la liquidación del POUM y de su lider Andreu Nin, en Julio de 1956. Una rebelión de trabajadores polacos en Poznan consiguió arrancar a la URSS algunas ventajas comerciales y un poco de libertad lo que inspiró a los húngaros a conseguir lo mismo.

En la tarde del 23 de Octubre de 1956, una manifestación de 20.000 personas se concentra alrededor de la estatua del General Bem, héroe de la Guerra de Independencia aunque polaco de nacimiento. Escritores, intelectuales, estudiantes y trabajadores leen una proclama pidiendo libertad, cantan el censurado himno nacional y arrancaron el distintivo soviético de las banderas húngaras. Erno Gero califica a los manifestantes como turba reaccionaria. Lo que empezó como una protesta se convierte en desafío. Encendidos por el rechazo del primer secretario, los manifestantes decapitan la estatua de 10 de bronce de 10 metros de Stalin y colocan banderas húngaras en su lugar. Poco a poco se van congregando más personas hasta alcanzar las 200.000 y no se trata ya de una protesta normal: se convierte en una rebelión abierta. Los soldados húngaros enviados para aplastar la manifestación, rehúsan hacerlo y se ponen de parte de sus paisanos.

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Una vez puesta en marcha, la rebelión se dirige a la radio para que se lean sus proclamas. Al no ser atendidas, incendian vehículos policiales y confiscan armas de los depósitos de la polícia. La misma noche del 23 de Octubre, Gero pide ayuda a la URSS para sofocar la rebelión y los manifestantes no ceden. Ya no hay marcha atrás. Las tropas soviéticas ya están en Budapest pero no intervienen directamente todavía. Imre Nagy es nombrado primer ministro y trata de poner fin a la violencia prometiendo reformas y cesando la violencia contra el pueblo. Pero la gente ya no pide reformas. Pide libertad, independencia de la URSS y la salida del pacto de Varsovia. Janos Kadar es colocado como Secretario General del Partido Comunista.  El colapso del Gobierno coincide con ataques al Parlamento donde los muertos ya se cuentan por docenas, pero se impone una tregua: un impasse en el que Nagy intenta poner orden y en el que las tropas soviéticas se retiran fuera de la ciudad. En el nuevo Gobierno se incluyeron figuras no comunistas.

La URSS acepta el envite como lo que es: una rebelión en toda regla que quiere derribar la dictadura húngara. Para controlar la situación mejor, se desplaza a Budapest Ivan Serov, director de la KGB. Se da cuenta de que el optimismo inicial de que se podía aplastar la rebelión rápidamente no es realista. Su mano se nota en la masacre ante el Parlamento del 25 de Octubre, donde los soldados rusos disparan contra la multitud concentrada. Con la entrada en el Gobierno de Nagy empieza a clarificarse la situación. Pero solo en apariencia. Las hostilidades se suspenden y las unidades rusas se retiran de la ciudad. No obstante, la dirección húngara está bastante dividida y no sabe que paso debe dar a continuación. Mientras Nagy trata de calmar la situación, otros dirigentes quieren que el Elército Rojo aplaste la rebelión.

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En la URSS también había división entre los dirigentes. Molotov proponía intervenir inmediatamente pero Kruschev y el mariscal Zhukov, ganador de la Batalla de Berlín, creían que era una protesta solo por temas económicos y se oponían a una intervención directa. Pero solo momentaneamente. El 30 de Octubre, otra manifestación ataca la sede del Partido Comunista masacrando a varias personas. Ahí se precipitan los acontecimientos: El Gobierno húngaro declara su deseo de salir del Pacto de Varsovia y de la esfera de influencia soviética y el Politburo de Moscu acuerda ya intervenir y reprimir la revuelta.

El 4 de Noviembre, unidades blindadas previamente desplazadas entran en Budapest para aplastar la rebelión. No les fue difícil. El Ejército Rojo puso de manifiesto su enorme superioridad y entró en la ciudad a sangre y fuego, sin diferenciar entre civiles y combatientes. Imre Nagy fue detenido y Janos Kadar se convirtió en nuevo lider húngaro, apoyado por Moscu, completando la traición a su propio país.  El último y desperado llamamiento por radio de Nagy para evitar el ataque no sirvió de nada y tuvo que refugiarse en la embajada yugoslava. Kadar le prometió que no habría represalias si se entregaba pero no fue así. Fue detenido, trasladado a Rumanía y posteriomente ejecutado. El reformista del sistema comunista que se vio arrastrado por los acontecimientos para convertirse en mesías de la liberación de Hungría, terminó muerto. La revolución húngara fue el sueño de una noche de otoño. El invierno soviético duró más de 30 años adicionales.

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