Ha muerto a los 93 años Alfonso Armada. Su figura evoca otro tiempo, ya pasado afortunadamente. Alférez provisional en la Guerra Civil en el bando nacional y voluntario en la División Azul que participó en la Segunda Guerra Mundial enrolado en el Ejército Alemán participando en uno de los sitios más emblématicos de la Guerra: Leningrado. De vuelta en España sigue en el Ejército ascendiendo en el escalafón hasta llegar a general. Instructor en varias escuelas militares, se convierte en figura imprescindible del futuro Rey Juan Carlos I, que en esos momentos era el Príncipe mudo como el mismo llegó a reconocer. Profesor del Rey, Secretario general de la Casa del Rey durante 17 años, ayudó al Rey en la consolidación de su posición con Franco vivo y su posterior ascenso como Rey transitando desde la dictadura a la democracia. Sus continuos enfrentamientos con Adolfo Suárez le obligaron a tener que abandonar su cargo en 1977, siendo sustituido por Sabino Fernández Campo. Armada creía que Suárez corría mucho en su tránsito a la democracia y Suárez no se fiaba de Armada ni de su influencia sobre el Rey.

Pero por lo que Alfonso Armada ha pasado a la historia es por su participación en el golpe de Estado del 23-F. Un golpe de Estado extraño. Para empezar porque no está muy claro contra quién se dirigía. No deja de ser sintomático que los dos generales más monárquicos del Ejército, Armada y Jaime Milans del Bosch, fueran los dos ejes principales del golpe junto con el brazo ejecutor de Tejero y sus guardias civiles( que la mayoría pensaban que acudían a luchar contra ETA). Por otra parte, si la función del 23-F era acabar con la democracia y volver a una dictadura de corte franquista, no tiene sentido todas las reuniones con diversos partidos que mantuvo Armada en los meses previos al golpe( PSOE incluido) ni la composición del Gobierno que saldría del 23-F, la famosa lista de gobierno, con 4 socialistas y dos comunistas incluidos además de políticos de derecha como Manuel Fraga, democristianos, centristas y militares. Un gobierno de concentración.

El germen del 23-F si que está claro. El grado de descomposición política e institucional era algo que proclamaban no solamente militares nostálgicos del franquismo. Josep Tarradellas, Presidente de la Generalitat vuelto del exilio proclamaba que era necesario un golpe de timón para enderezar la situación, sin ir más lejos era uno de los más claros. La sanguinaria campaña de ETA contra los militares y la Guardia Civil con atentados casi cada día, la división interna en la gobernante UCD entre Suárez y los barones, la crisis económica derivada del aplazamiento de la crisis del petróleo de 1973( no se podía construir la democracia y luchar contra la crisis económica al mismo tiempo), el descontento de los nostálgicos del régimen de Franco, la incapacidad de Suárez para gobernar, la pérdida de confianza del Rey en Suárez y la feroz oposición del PSOE a Suárez( con Alfonso Guerra a la cabeza acusándolo de planear un golpe de Estado), fueron el germen que propició el golpe de Estado.

Todos conspiran contra Suárez y Suárez no gobierna. Se oculta en La Moncloa con un pequeño grupo de fieles. El Rey habla pestes de su Presidente a todos los que recibe, Felipe González cree que el Presidente lleva al país al caos y estudia fórmulas para un gobierno de gestión, ya que no ha podido vencerle en las urnas. Santiago Carrillo comparte la necesidad de un gobierno de coalición y Fraga proclama que se iba hacia una crisis de Estado, no solo de Gobierno y que la monarquía podría correr peligro: en gran parte por la identificación personal y política del Rey hacia Suárez. Y una parte importante de los militares no quiere a Suárez, por las reformas hechas y por sentirse engañados por el Presidente a cuenta de la legalización del Partido Comunista, ya que les prometió que no sería legalizado.

Todas las miradas se dirigían hacia Alfonso Armada. Se reunió en Lérida con Enrique Múgica, Antonio Siurana( alcalde de la ciudad ilerdense) y Joan Raventós en el otoño de 1980 cuando era gobernador militar de Lérida, y con políticos de otros partidos. Se reunió en numerosas ocasiones con el Rey en enero de 1981, no recibiendo permiso posteriomente para desvelar lo hablado, y fue ascendido a Segundo Jefe de Estado Mayor un mes antes del golpe, gracias a la presión del Rey y a pesar de la oposición de Suárez, con lo conseguía su traslado a Madrid y podría estar presente en el desarrollo de los acontecimientos en Madrid. A partir de ahí, teje la maniobra para ocupar el Congreso aprovechando el plan de Tejero y la ocupación simultánea de Valencia por las tropas del capitán general de Valencia, Milans del Bosch. La ocupación del Congreso es un éxito, gracias en parte a la ayuda del Cesid, pero deja en evidencia a los conspiradores debido a las formas empleadas. Tiros al techo, empujones e indecisión de los demás capitanes generales para apoyar el golpe.

Alfonso Armada ve la ocasión propicia para convertirse en Presidente del gobierno a pesar de que el Rey aparentemente empieza a darle la espalda al no permitirle que acuda a la Zarzuela después del inicio del golpe. A pesar de eso, si obtiene el permiso del Rey para acudir al Congreso e intentar que Tejero lo abandone y ponga fin a su intentona. Lo que sucede luego es digno del mejor de los esperpentos. Armada acude para hablar a los diputados y que le voten como Presidente pero Tejero se indigna al conocer la composición el futuro gobierno: él no se ha jugado el tipo para eso. Ahí fracasa el sueño de Armada. De potencial Jefe de Gobierno pasa a traidor en un instante. Traidor de sus compañeros militares que le denigran en el juicio y “traidor” del Rey. Así pasa a la historia. No significa que sea completamente verdad. Pero eso es algo que nunca sabremos. Armada siempre fue un hombre del Rey. Es posible que no dejara de serlo nunca. Tampoco el 23-F. Al igual que Milans del Bosch. El télex del Rey dirigido a Milans, ya iniciado el golpe, en el que afirmaba que defendería la legalidad vigente incluía una frase muy llamativa: ” Después de este mensaje, ya no puedo volverme atrás“.

El general Carlos Alvarado, uno de los militares conspiradores pero no juzgado porque no le delataron sus compañeros, resumía la cuestión fundamental del 23-F en una disyuntiva. O engañó Armada al Rey o el Rey engañó a Alfonso Armada. Y añadía que nunca sabríamos la respuesta. Creo que se ajusta bastante a la realidad de lo que pasó la tarde y noche del 23-F.

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