Hace un año la muerte política, y tal vez física de El Asad imitando el final de Gadafi, parecía muy cercana. Su régimen se encontraba acorralado, reducido apenas su control a Damasco, con los diversos grupos insurgentes atacando en diversos frentes y con muy poco apoyo internacional, salvo Rusia e Irán. Su caída parecía inminente. Pero no. Aún sigue entre nosotros . Su dictadura es más fuerte hoy que hace un año y eso lo sienten especialmente los sirios opuestos a su régimen, que siguen siendo masacrados por su lucha en mantenerse en el poder. Para el resto de la comunidad internacional Asad tenía fecha de caducidad. Y muy cercana. Pero a partir del verano pasado las tornas empezaron a cambiar. El punto de inflexión habría que situarlo en la amenaza de Obama y Estados Unidos de atacar Siria con el objetivo de derrocar a la dictadura de Asad debido a la utilización de armas químicas contra su propia población. El ataque era inminente pero Obama se echó atrás en el último momento gracias a un pacto in extremis, nunca explicado del todo, con Putin y Rusia y por las dudas que generaba que el principal beneficiario del ataque fueran los movimientos islamistas que luchan contra Asad.

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A partir de ese pacto, Asad se sintió cada vez más seguro ya que comprendió que su estrategia criminal para mantenerse en el poder podía seguir desarrollándola impunemente. Los bombardeos indiscriminados de la población civil aumentaron( Homs y Alepo) ante la mirada pasiva de las potencias occidentales. El recuerdo del error de la intervención en Libia junto con sus consecuencias y la presencia de Irán como potencia regional incrementaron las dudas que había para intervenir. El interés de Rusia por proteger a El Asad es evidente. Tienen que proteger el importante puerto estratégico de Tartus, utilizado principalmente como centro de mantenimiento y abastecimiento de la Flota Rusa.

No hay que olvidar que en Siria no solo se vive una Guerra Civil. Además de la lucha entre Asad y los opositores a su régimen, tenemos otras dos guerras paralelas. Por un lado, la irrupción de yihadistas en la órbita de Al-Quaeda contamina las opciones de ayuda de la oposición al régimen sirio, principalmente la ayuda que se estaba canalizando a través del Ejército Libre Sirio. Se trata, principalmente, de 3 grupos de yihadistas los que se encuentran luchando en Siria: el Frente al Nusra, el Estado Islámico de Irak y Siria y el Frente Islámico. Con sus diferencias, estos grupos tratan de imponer una dictadura islámica basada en la sharia. La existencia de estos grupos le viene muy bien al régimen de El Asad ya que él trata de identificar a todos sus opositores como terroristas. Siria se está convirtiendo en un nuevo Afganistán y creando un efecto llamada de todos los grupos terroristas islamistas para luchar contra el régimen sirio y, posteriormente, contra Occidente. Se estima que actualmente hay ya sobre el terreno aproximadamente 7.000 combatientes extranjeros.

Por otro lado, tenemos una guerra encubierta e indirecta entre Irán e Israel. El régimen iraní no ataca directamente, todavía, a Israel sino que lo hace através de grupos intermedios. Es un aliado tradicional de Siria, a pesar de sus direcencias religiosas, y apoya y financia en esta parte de la guerra a Hezbolá, grupo terrorista del Líbano, aliado de Asad. Un triángulo perfecto por el que Irán pretende contener y entretener a Israel mientras consigue alcanzar el sueño nuclear. Mientras, Arabia Saudí intenta apoyar y financiar a los grupos no yihadistas de la oposición. Pero, la influencia yihadista es cada vez mayor y amenaza con tomar el control mayoritario de la oposición.

La situación actual es de ofensiva total del régimen sirio utilizando todos los medios a su alcance. Hace mucho que dejaron de preocuparle las formas en su lucha contra sus opositores. Ahora mismo se centran en destruir sus puntos de apoyo, sobre todo su acceso a la frontera con Turquía, y recuperar el control de territorios que habían perdido. Para ello, cuentan con una baza fundamental: el miedo de Occidente a que tras la caída de El Asad le suceda una dictadura islmaista. El recuerdo de los talibanes y su base de Afganistán como campo de entrenamiento para grupos terroristas internacionales está muy presente.

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