Superar la Guerra Civil. Ésa fue la ardua tarea a la que se enfrentó Adolfo Suárez mientras fue Presidente del Gobierno de España. Un país acostumbrado a dirimir las diferencias mediante tiros y exilios de los perdedores. El guerracivilismo que nos puede y la sangre iracunda que nos hierve de la que hablaba Azaña y que nos convierte en seres llenos de odio hacia los que piensan de forma distinta. Por eso da rabia y vergüenza que mientras la vida de Suárez se apagaba, Madrid fuera el escenario de una batalla campal entre grupos de extrema izquierda y la policía. Banderas y estéticas soviéticas en manifestaciones para protestar por la crisis pero con violencia. Razones para protestar hay muchas y variadas. Pero de ahí a intentar derribar la convivencia pacífica hay un trecho muy largo.  Muchas personas condenarían sin dudar exhibiciones de banderas nazis, acertadamente, pero no hacen lo mismo con banderas soviéticas. Es un error. Nazismo y comunismo son dos caras de la misma moneda del totalitarismo. Aliados y socios que se repartieron países antes de enfrentarse entre ellos. Si lo hubiera visto Suárez desde su habitación del hospital, posiblemente hubiera quedado muy triste y pensaría que este país no tiene remedio.

La Transición fue protagonizada por un triunvirato. Torcuato Fernández Miranda, el muy olvidado Presidente de las Cortes y profesor del Rey, como guionista, el Rey Juan Carlos como motor del cambio de la dictadura a la democracia y Adolfo Suárez como intérprete. El fin era sencillo de explicar, pero no tanto conseguirlo: terminar con la Guerra Civil mediante un gran acuerdo pacífico entre los vencedores y vencidos y que ese acuerdo se mantuviera en el tiempo. Es la Constitución española de 1978. La capacidad de seducción de Suárez, su ambición y su arte para la oratoria le convirtieron en la persona clave en el momento justo.

Suárez fue un hombre de la dictadura. No hay que negarlo. Fue Gobernador Civil de Segovia dónde conoció al entonces Príncipe Juan Carlos y congeniaron al instante. Dos jóvenes escondidos en mitad de la clase política franquista compuesta de dinosaurios de la Guerra. Más tarde, fue elegido Director de RTVE, cargo que le sirvió para promocionar la figura del Príncipe y para que los españoles le fueran conociendo. Un mudo por necesidad que no podía hablar de lo que quería hacer realmente. Agazapado tras Fernando Herrero Tejedor, escaló en la nomenclatura franquista y tras la muerte de Franco ejerció como Ministro Secretario General del Movimiento, el partido único de la dictadura. Al fin y al cabo era uno de ellos. Pero solo en apariencia. Se atrevió a citar uno de los versos más conocidos de Machado en las Cortes, aunque sin nombrarlo. La paciencia del Rey con Arias Navarro, el Presidente heredado de Franco se colmó en Julio de 1976 y eligió a Suárez como el Presidente que debía llevar al país de la dictadura a la democracia. Fue recibido con grandes críticas ya que l oveían como continuador de la obra de Franco y prolongación de la dictadura. Craso error. En menos de un año hubo elecciones libres en España, se desmontó el partido único y las estructuras de la dictadura. Algo impensable.

Una época que ahora algunos tachan de farsa. Son los mismos que condenan dictaduras que ya no existen pero se niegan a condenar dictaduras que perviven hoy en día. Pero no es verdad. La Transición se hizo en un momento de crisis económica severa, con una inflación galopante del 30%. Por si no fuera ya difícil la situación, ETA inició una escalada en su número de atentados para terminar de convencer a los ingenuos que pensaban que ETA terminaría con la dictadura. A pesar de eso, se consiguió el consenso necesario para elaborar una Constitución que, con sus defectos, tuvo la virtud de cerrar un gran acuerdo y que se hacía, por primera vez, sin excluir a nadie. No fue un instrumento arrojadizo de unos españoles contra otros, que era lo habitual.

Pero no todo fueron alabanzas. Lo cierto es que Adolfo Suárez fue un magnífico Presidente de Gobierno hasta 1979 y un pésimo gobernante después. Más dotado para grandes obras que para la gestión diaria de un país para lo que no estaba preparado. Con la muerte de Adolfo Suárez, oiremos grandes elogios. Pero Suárez acabó enfrentado a todos. O todos acabaron enfrentados a Suárez. El Ejército no le perdonó lo que ellos consideraron un engaño en la forma de legalizar al Partido Comunista. La Iglesia no le soportó la legalización del divorcio. Su propio partido conspiraba un dia si y otro también para derribarle e imponer sus políticas. Éste es uno de sus principales fracasos: no haber podido construir un gran partido de centro derecha. Y la oposición le acusó de golpista y de querer acabar con la democracia. En el golpe del 23F los que le acusaban de ser golpista se tiraron al suelo como cobardes. El se enfrentó a los asaltantes junto con el general Gutiérrez Mellado. Una diferencia de comportamiento que marca la catadura moral de algunos. Hasta el Rey acabó harto de él por su mala gestión y porque el fracaso de Suárez era el fracaso del Rey ya que él lo había legido para comandar la nave.

No es fácil desmontar una dictadura desde dentro y pasar a la democracia sin dificultades o errores. Solo por eso, el lugar en la historia de España de Adolfo Suárez será privilegiado. No es poco el logro que alcanzó. Esperemos estar a esa altura.

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