Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial Berlín y el resto de Alemania fueron divididas en 4 zonas a cargo de las potencias triunfadoras: Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia( invitada de última hora y de segundo nivel). Rápidamente, los aliados occidentales unieron sus zonas creando la República Federal Alemana mientras en la otra parte se creó la República Democrática Alemana, de obediencia socialista y soviética. Desde que terminó la Guerra con el hundimiento alemán, más de 3 millones de ciudadanos de la zona oriental de Berlín huyeron a la occidental para poder vivir en libertad, algo que les negaba la parte socialista de la ciudad. Intelectuales, trabajadores, emprendedores. Gran parte huía. Solo había que coger el metro o el coche. Ésa fue la clave para la instauración del muro de Berlín: la pérdida de población y de capital humano que amenazaba el futuro de la parte soviética de Alemania.

El Berlín de la posguerra es junto con Corea del Sur y corea del Norte la mejor explicación que se puede ofrecer para poner de manifiesto las diferencias entre el mundo capitalista y el socialista. Entre la libertad de mercado, con sus defectos y limitaciones impuestas por el poder político de turno, y el socialismo. Una vida basada en la libertad de elección y otra en la imposición. La diferencia entre el desarrollo y la pobreza. La conferencia de Yalta marcó que una vez acabada la guerra, la libertad solo llegaría a una parte de Europa. La otra parte cambió el yugo de Hitler por el de Stalin y la Unión Soviética.

En la noche del 12 al 13 de Agosto de 1961 empezó a construirse el muro de Berlín a pesar de que el dirigente de la RDA Walter Ulbricht había asegurado apenas dos meses antes de que nadie tenía la intención de erigir un muro. Realmente, la Guerra Fría entre el bloque occidental y el comunista había empezado mucho antes. Incluso antes de que acabara la Segunda Guerra Mundial. El avance del Ejército Soviético hacia Alemania empezó a construir el telón de acero del que habló Winston Churchill en 1946 delimitando las esferas de influencia tan temidas por los Estados Unidos. En su lenguaje habitual, la RDA lo definió cómo un muro de protección antifascista pero la realidad era que se hacía para evitar la huida de sus ciudadanos hacia la parte oeste de la ciudad y el mundo libre. Una parte de Alemania salía de la dictadura brutal de los nazis pero la otra seguía bajo la dictadura del socialismo, heredero del nazismo a la hora de imponer sus ideas y su modo de vida.

El alcalde de Berlín, y posteriormente canciller, Willy Brandt definió a Berlín occidental cómo una espina en el costado de la RDA. Y lo era. Servía cómo un escaparate para mostrar las diferencias entre dos estilos de vida antagónicos. La parte occcidental con su libertad provocaba la fuga de los orientales. Lógico. Pero el muro de Berlín no fue el único primer momento de tensión en la capital. En 1948, Stalin impuso el bloqueo de todos los accesos terrestres a Berlín con el Ejército Rojo y los aliados recurrieron a un fantástico puente áereo que duró un año. Cada vez que los soviéticos querían chinchar a Estados Unidos, presionaban a través de Berlín.

El muro de Berlín duró 28 años. El inicio de su fin lo marca la llegada al poder de Gorbachov y la propia ideología soviética. En un mundo cerrado, sin libertad de mercado y movimientos, donde no existe la propiedad privada y los precios están fijados por el estado, no había lugar para la innovación y el desarrollo. Sin incentivos, no hay afán por mejorar. La Unión Soviética era un gigante militar con los pie de barro y carcomida por dentro a la que le llegaba la hora del derrumbe. La llegada de Reagan al gobierno de Estados Unidos le hizo enfrentarse cara a cara con los soviéticos imponiéndoles una subida del gasto militar que no podían soportar. Lo que perseguía Gorbachov no era acabar con la URSS sino modernizarla. La perestroika era un intento de adaptar la URSS al mundo moderno para hacerlo más eficiente. En ningún momento quería convertir el Imperio Soviético en un mundo totalmente libre. Pero sí menos monstruoso. El experimento se le fue de las manos por la sencilla razón de que una vez que das a tus ciudadanos un poco de libetad, querrán más. Y eso dentro de la URSS no era posible sin la desaparación de la propia URSS.

Gorbachov empieza a descentralizar algunas decisiones en sus países satélites y éstos, poco a poco, van aparcando la tutela soviética. Pero sin soltar lastre definitivamente. En Septiembre, Hungría abre su frontera con Austria por la que escapan ” de vacaciones” miles de ciudadanos de la Alemania oriental. En la propia RDA, se suceden las manifestaciones para exigir libertad y cambios. El lider alemán, Erich Honecker se niega a realizar ningún cambio y es destituido el 18 de Octubre. Gorbachov lo sentencia. ” El Ejército Soviético no actuará contra la población“. No ocurrirá cómo en la revolución húngara.

La presión para hacer cambios nos lleva hasta el 9 de Noviembre de 1989, aniversario por cierto de la noche de los cristales rotos. En una rueda de prensa, el portavoz oriental Gunter Schabowski anuncia los cambios para permitir la libre circulación de personas entre las dos Alemanias. Un periodista italiano le pregunta que a partir de cuando tiene efecto esa medida y contesta. ” Creo que de inmediato”. No hizo falta más. Los alemanes se agolparon a un lado y otro del muro y los policías fronterizos no hicieron anda por impedirles salir debido a la falta de instrucciones. Yalta llegaba a su fin 44 años después y el Imperio Soviético apenas duró dos años más.

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